“MI NIÑO HERMOSO"
Por: Mónica Heinrich V.
Cuando
ocurrió la masacre de Columbine, los adolescentes que perpetraron el hecho
fueron llamados "monstruos". De hecho, la conocida revista Time tomó sus rostros
como portada bajo el título de “Los
monstruos de la puerta de al lado”.
Han pasado más de 10 años y la tragedia aún no consigue explicarse.
Fue
en los 70s que una chica de 17 años inició oficialmente los tiroteos escolares,
pero sería Columbine, “the home of rebels”, el que se alzaría como símbolo de
un sistema donde todas sus instancias han fallado: familia, educación, sociedad
y, sobre todo, cuidado mental.
Los
“monstruos” desde entonces siguieron apareciendo, monstruos con rostro casi
infantil y figura desgarbada. Con mirada perdida y actitud errática. No lo que
esperás de un monstruo, sino todo lo contrario. Monstruos atormentados, casi todos
bajo tratamiento psiquiátrico. Jóvenes señalados
por algunos sectores de la prensa y por
público en general como locos asesinos a los que se debería exterminar por sus
atroces conductas. Pena de muerte! o suicidio! grita la masa en rechazo a un acto violento que se pretende castigar con otro acto violento.
Monstruos de los
que nadie se responsabiliza pero de los que todos son responsables.
Este
2012, Ohio fue el escenario en el que un aparentemente frágil muchacho de 17
años (al que aconsejan no mencionar con nombre y apellido para no darle
inmortalidad o trascendencia) fue el protagonista de un tiroteo ocurrido en un
comedor escolar. Asesinó a tres personas e hirió a otras tres.
Hace
unos días, el horror se trasladó a un cine de Denver. Un estudiante de Neurociencias
irrumpió durante la premier de Batman Dark Knight: Rises y liquidó sin
miramientos a 12 personas e hirió a casi medio centenar. Jessica, Jon, Alex,
Matt, son algunas de las vidas interrumpidas, irrecuperables que acabaron a
manos de un joven de 24 años.
Y
este agresor, anónimo hasta hace unos días, era parte de la sociedad, bien o
mal, formaba parte de un entorno familiar, educativo, social. Ahora salen a la
luz sus fotos de anuario, sus videos escolares, su perfil de alumno
“brillante”. En contraste, su primera comparecencia ante la corte luego del ataque lo muestra con el cabello teñido de naranja, la mirada perdida, la actitud errática. Un “monstruo" más.

Se
abre (nuevamente) un tímido debate sobre el control de la venta de armas. Hecho
al que apuntó Michael Moore en su interesante documental
Bowling for Columbine en el que arremetió furiosamente contra la
NRA (Asociación Nacional del Rifle).
Sin embargo, como parte del documental el
mismo Moore se va a Canadá y ahí casi todos tienen armas, y ahí es normal
comprarse una escopeta desde que tenés fuerza para sostenerla, y ahí duermen
con las puertas abiertas, y ahí a pesar de todo lo dicho no aparecen “monstruos”
que un día van a su colegio o universidad a matar gente.

Y el
cine que siempre dice grandes verdades, ha creado casi un nuevo
género con películas sobre los tiroteos escolares que intentan acercarse a ese
fenómeno desde distintos ángulos.
Los trabajos más conocidos son el documental
ya mencionado y
Elephant, del
director Gus Van Sant, que también se “inspira” en Columbine. El título de Van
Sant alude a la expresión de que “
Un elefante está en la habitación”, frase que
metaforiza la idea de que un problema muy grande existe y que todos fingen que
no existe a pesar de lo evidente. Con ritmo pausado y reflexivo, Van Sant pasea su cámara dentro de un colegio que será atacado por dos estudiantes.
En
los últimos años salen dos películas que abordan la temática desde un ángulo
hasta ahora jamás explorado: la familia del asesino.
Una de ellas es “We need to talk about Kevin”. Oscuro filme basado en el libro
homónimo de Lionel Shriver.
La
interesante directora escosesa Lynne Ramsay, cuyos trabajos anteriores:
Ratcatcher y Morvern Callar ya apuntaban a una inclinación sobre temas jodidos, es
la encargada de escribir y dirigir esta propuesta.
Incómoda
de ver, la trama se adentra en la vida de la acomodada familia Miller. Eva
(Tilda Swinton) es una exitosa escritora cuya especialidad es viajar y escribir
sobre esas travesías. Franklin (John Reilly) es su esposo, y juntos procrean un
hijo: Kevin.
El
filme tiene elipsis temporales y está contado desde la mirada de Eva hacia el
pasado, queda claro desde el título que algo anda mal con Kevin y que lo ideal
sería sentarse y hablarlo. La frase “tenemos que hablar de Kevin” es la frase
que ambos padres nunca se dicen ni se plantean seriamente.
Cuando
Kevin nace es rechazado por su madre, él es la causa de que ella no pueda
seguir haciendo lo que le gusta: viajar. Él significa envejecer y amontonar
frustraciones y renuncias en pro de una vida familiar. El rechazo no es
explícito pero sí tácito. Cuando el niño tiene conciencia de ese rechazo,
parece actuar en plan de venganza y empieza a mostrar un lado cruel. La madre,
se supone, es el modelo de amor que definirá su relación con el mundo, con el
otro. Pero, ¿cuántos niños son rechazados o criados en hogares disfuncionales
sin que se conviertan en bombas de tiempo? Cientos. Miles.
Eva,
entonces, descubre que su hijo no es un niño normal y que sus actitudes o
acciones rozan algo parecido a la maldad. Digamos que clínicamente hablando
tiene todos los criterios para una psicopatía, donde resaltan un aplanamiento
afectivo y una carencia de empatía que debieron encender todas las alarmas
familiares y escolares.
Eva
lo sabe, y alguna vez intenta hacérselo ver a su esposo. Franklin, sin embargo,
lo niega, es difícil asumir que tu hijo es “raro” o “malo”, así que cómodamente
se convence que no es así y Eva prefiere mirar hacia otro lado por culpa, por
no haber recibido con amor al niño cuando nació. Por sentirse frustrada por ese
nacimiento y haber volcado esa frustración en algunas acciones que como madre
fueron reprochables.
Hay
momentos en que Eva intenta recomponer la relación con Kevin, pero el abismo
que los separa es tan grande que no se puede distinguir cuando se llega a él o
cuando Kevin usa la manipulación retorcida que le es innata.
Al mismo
tiempo, el niño es una especie de reflejo suyo. Físicamente son muy parecidos,
y llega un punto en que se percibe una especie de guerra psicológica entre
ambos. Frialdad vs Frialdad.
La
llegada de un nuevo integrante a la familia, Celia, la hija menor de la pareja
y hermana de Kevin, gatillará la tragedia que se anticipaba.
Mientras
ves la película vos mismo te decís: Sí, tienen que hablar de Kevin. Las nubes
negras, el viento, la llovizna, la helada, todo aquello que puede darte pie a
pensar que se viene una tormenta, no es debidamente sopesado por la familia.
Una
vez Kevin hace lo que todos tememos, Eva (símbolo del pecado original y madre
universal) se queda con la necesidad de una explicación. Luchar con esa
necesidad, con el estigma social de haber criado un “monstruo”, con la
responsabilidad que le adjudican por traerlo al mundo, con su incapacidad para
tender un puente que por ahí evitara la desgracia, el haber perdido todo, las
víctimas que su hijo se llevó consigo, la culpa de no haber hablado sobre/con
Kevin, y asumir que a pesar del horror, Kevin es su hijo… ese vía crucis es el
eje del filme.
Bellamente
filmada, We need to talk about Kevin perturba.
Un
gran elenco conformado por una genial Tilda Swinton como la atormentada madre,
John Reilly como el ingenuo-acomodaticio padre, y Ezra Miller como el maquiavélico
adolescente, hace al filme por momentos insoportable.
Quizás, a nivel general, los excesivos flashbacks y algunas escenas demasiado
“montadas” le quitan algo de verosimilitud al relato, aunque eso no impida
que la historia golpee y perturbe, y que
intente echar una mirada profunda hacia un tema tan gajudo.
Si
se compara con el libro, los personajes se pueden ver estereotipados en la
pantalla gigante y además, el estilo narrativo elegido por la directora hace
menos accesible una historia que en papel es cien veces más desgarradora.
El
color rojo, usado en muchas escenas (tomatina española, supermercado, pintura,
luces de la habitación, sirenas) como una dualidad entre el amor y la
violencia, subrayan el tenor del filme.
Como cherry de torta, el delirante Kevin se permite una crítica a la cultura
“celebrity” o el morbo que transforma a estos sujetos en personas
influyentes/trascendentes/inolvidables.
Es así: te despiertas y miras televisión, te metes en el coche y escuchas la radio y vas a tu insignificante trabajo o instituto, pero no escuchas nada sobre eso en las noticias de las 6, ¿por qué? Porque realmente no ocurre nada, y vas a casa y miras algo más de televisión y puede que sea una noche de diversión y salgas y mires una película. Quiero decir, que la cosa está tan mal que la mitad de la gente está en la televisión, dentro de la televisión, están viendo televisión. ¿Qué está viendo esa gente?, a personas como yo.
Si
We need to talk about Kevin parte de la premisa que la familia siempre supo que
algo andaba mal con Kevin, en Beautiful Boy la mirada se vuelca por completo en
unos sorprendidos y anonadados padres.

Cuando veía este filme, recordaba el relato que la
madre de uno de los asesinos de Columbine hizo para la revista O de Oprah
Winfrey en el 2009. En ese espacio abierto que Oprah cede a la señora Klebold,
la mujer escribe su experiencia. Ilustra la nota una foto de su hijo con mirada
despierta y sonriente a los 5 años armando un rompecabezas junto a ella. Así
sabemos que el recordado “monstruo” fue un niño feliz, que era compañero de
ajedrez de su padre, que le gustaba armar legos y que hasta
cierta edad fue absolutamente normal. Luego entró en un fase “difícil” que la
señora atribuyó a la edad (adolescencia) y a las malas compañías (el otro chico
que atacó la escuela). Los diarios que el adolescente escribió donde volcaba
sus ideas suicidas, sus amores no correspondidos, y una vida emocional
demasiado truculenta para una persona tan joven, jamás fueron vistos por sus
padres. Ella se enteró del sufrimiento con el que vivió su hijo 6 meses después de la tragedia, cuando le permitieron ver el material y él ya había pasado a la historia como un “monstruo".
En
Beautiful Boy, Kate (Maria Bello) y Bill (Michael Sheen) son los padres de
Samy, un joven estudiante universitario. La pareja ama a su único hijo, e
incluso a pesar de ser mayor de edad e independiente, tratan de protegerlo al
esconderle la inminente separación que están llevando a cabo. Un divorcio que
aún no saben cómo exponer ante él.
En un principio la película narra la rutina de esta pareja, y los preparativos
para un encuentro familiar con el hijo que vendrá de visita. Una llamada algo
emotiva el día anterior de la tragedia, las consabidas charlas cariñosas, el
hijo que nunca da ninguna señal de que hará lo que hará, y eso es todo.
Más
adelante comienza el calvario. Los noticieros informan que hay un tiroteo en la
universidad de Samy, que hay muchos muertos y heridos. Los padres entran en
pánico pensando que su hijo puede ser una víctima. Intentan contactarse con él sin
éxito. Desesperación y angustia se extienden entre la familia y amigos.
Finalmente
la policía llega directamente a la puerta de su casa, y ellos sienten que el
mundo se les viene encima pensando que les dirán que su hijo murió durante el
ataque, pero la noticia es peor de lo que esperan: su hijo es el atacante y
cometió suicidio luego de la masacre.
Samy
envió videos llenos de rabia y delirio a las cadenas televisivas, y sus padres,
aquellos que lo criaron, para quienes él es solo “mi hermoso niño”, no
reconocen a ese desquiciado muchacho. No saben qué pasó. Cómo pasó. Por qué
pasó. Cómo no se dieron cuenta. Si son culpables. Si se pudo evitar, y todas
aquellas preguntas que surgen no solo en la familia del atacante, sino en todo
aquel que se entera que sucede un hecho así: medios, amigos, extraños, familia,
etc..
El director Shawn Ku, quien también es bailarín, coreógrafo y actor, se inspiró
en los hechos acaecidos el 2007 en Virginia Tech porque la tragedia lo tocó indirectamente
cuando un amigo de su familia murió durante el tiroteo que perpetró el coreano
Cho Seung.
Beautiful
Boy es su debut en la pantalla gigante. Un poderoso drama, que si peca de algo
es de un aire a telefilm, y cuyo gran logro recae en que nunca da una explicación
sobre las acciones de Samy.
Las excelentes interpretaciones que logran Bello y Sheen, erizan. Dos padres que se pasan la película recordando cosas que dijo o hizo el chico. Detalles de cuando era niño. Viendo fotos, cuadernos viejos de escuela, dibujos, vídeos, y tratando de mantener en sus mentes la parte buena, la que nada tiene que ver con el monstruo que el resto del mundo conoce.
Ambos filmes, We need to talk about Kevin y Beautiful Boy dan una visión. Otra, es la del bullying arrojada por durísimas películas como Klass, que en el 2007 fue elegida por Estonia para representar a dicho país europeo en la selección de los Oscar.
En ella, un indefenso estudiante (Josepp) es acosado y humillado a diario hasta que Kaspar, que forma parte del grupo acosador, se da cuenta que las cosas se han ido de las manos e intenta defenderlo. Esa defensa es tomada como una traición y conducirá el filme hacia un camino sin retorno. Hay una escena en la playa especialmente jodida. Tan jodida, que la parte más primitiva del espectador puede llegar a “empatizar” o a “entender” las decisiones que los protagonistas toman después de esa escena. Tan tan jodida que uno le grita a la pantalla: “al de las botas, al de las botas!!!”
Chicos que no eran monstruos, pero que por las circunstancias (familia y escuela incompetentes) y una violencia constante por parte de otros monstruos funcionales, llegan a cometer hechos injustificables.
En Estados Unidos se sigue haciendo hincapié en el problema del acceso a las armas, Michael Moore en un reciente post publicado luego de la tragedia de Denver dice:
"Son las armas, pero no son las armas”. Y en el cine, que como ya dije, se dicen verdades, se habla de muchas cosas: predisposición innata, crianza, el poco control sobre la venta de armas, acoso escolar, problemas mentales, incompetencia de los tratamientos psiquiátricos, una sociedad que le rinde culto al exitismo y que promueve el aislamiento de las personas que no encajan en un modelo estándar, un sistema que hace celebridades a los asesinos.
Las últimas noticias dan cuenta que luego de lo sucedido en Denver la venta de armas en suelo americano está subiendo como la espuma. De hecho, luego del tiroteo en Colorado, en ese estado subió un 43%. Casi la mitad.
Políticamente hablando, Obama y Romney se dan golpes de pecho, pero en el Congreso pocos se atreven a desafiar al poderoso lobby que respalda el uso de armas. A tres meses de las elecciones ninguno de los candidatos presidenciales será punta de lanza de una campaña que promueva mayores restricciones.
Seguramente, los minutos de silencio que se piden en nombre de las víctimas de estas masacres se seguirán contabilizando. Es fácil guardar un minuto de silencio.
Los "monstruos" seguirán apareciendo. Esos “monstruos" con cara de niño, mirada perdida, actitud errática. Esos “monstruos" a los que el sistema les ha fallado.
James Alan Fox, profesor de Criminología y experto en asesinatos colectivos, declaraba: "Este tipo de tragedia es uno de los precios desafortunados que pagamos por nuestras libertades”.